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Castigo alternativo niños

4 Alternativas al Castigo en la educación de nuestros hijos

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Se enfadaba cada vez que su hijo se peleaba con su hermano, dejaba su cuarto sin recoger o decía alguna palabrota… últimamente las frecuentes riñas y los castigos que recibía parecían no hacer efecto en él… Una y otra vez se preguntaba – ¿Habría una forma mejor de corregir su comportamiento?

 

Durante muchas generaciones el castigo se ha utilizado como técnica protagonista en la educación de nuestros hijos. Desde el castigo físico (azotes, cachetes, etc…), hasta la retirada de algo gratificante (“castigada sin salir con tus amigos” o “castigada sin jugar con tu juguete favorito”), pasando por realizar una actividad o situación desagradable (escribir mucha veces “no debo portarme mal” o no poder salir de la habitación) eran los recursos a los que acudían padres y educadores como técnica de educación, llamados comúnmente “castigos”.

Sin embargo, después del nacimiento e investigación de las ciencias del comportamiento, se ha podido saber que hay muchas otras técnicas que obtienen unos beneficios mayores en la conducta con muchas menos consecuencias a nivel emocional en el niño.

Ninguna madre desea que su hijo deje de hacer algo o que se porte bien solo por “miedo a las consecuencias”, o porque quiera evitar un castigo. Todos los padres deseamos que el niño comprenda poco a poco que las normas de convivencia dan lugar a una mejor armonía familiar y social. Es por ello que debemos de educar a nuestros hijos con una visión distinta. El niño no debe de dejar de portarse “mal” por miedo al castigo, si no que debe de ir aprendiendo las normas como consecuencia de ir comprendiendo poco a poco que así todos estamos mejor y es mucho más agradable.

Para ello se recomienda evitar el castigo y sustituirlo por diferentes formas de actuación:

Reforzar las conductas que queremos que repitan

Cuando nuestros hijos se porten bien o hagan un acto concreto que nosotros queremos que se mantenga o repita en el futuro, debemos de “reforzar” ese comportamiento halagando al niño, abranzándole y expresándole lo contentos que estamos. Por ejemplo: si queremos que un niño recoja sus juguetes, se lo diremos, y ofreceremos nuestra ayuda. En primer lugar empezaremos nosotros a recoger, siendo así modelos de esa conducta. Cuando empiece a recoger le diremos que lo está haciendo muy bien y que estamos muy contentos con lo bien que lo está recogiendo. No hace falta esperar hasta que lo recoja todo. Cuando empiece a recoger le diremos que lo está haciendo muy bien. No hay nada que motive más a un niño que agradar a sus papás.

Retirar el refuerzo en las conductas negativas

Si nuestro hijo hace algo que no nos gusta y no queremos que se repita, por ejemplo, pegar a su hermano, sin enfadarnos en exceso pero sí firmes y tranquilos, le diremos que eso está muy mal, que eso no se debe repetir porque hace daño al hermano, le pediremos que vea lo que ha ocasionado (que observe a su hermano si está llorando, por ejemplo, para fomentar la empatía) y le diremos que nosotros estamos muy tristes y que por ello estaremos un rato sin jugar con él y sin hacerle caso. No tiene que ser mucho tiempo, pero sí lo suficiente para que el niño perciba la diferencia de estar en una situación gratificante, de integración, armonía y bienestar y la situación posterior de desencuentro.

Debemos ser sus modelos de conducta

Esto parece obvio pero a veces exigimos a nuestros hijos que no hagan cosas cuando las estamos haciendo nosotros igual. Es decir, si queremos que nuestros hijos tengan su habitación ordenada, debemos de mantener la nuestra en el mismo estado. Si no queremos que nuestros hijos griten o utilicen tacos, no debemos de utilizarlos nosotros, si queremos que nuestros hijos se relaciones sin gritos y de forma no violenta, debemos de ser modelos de una comunicación correcta en el día a día con ellos, con nuestra pareja y con los demás. No olvidemos que nuestros hijos son esponjas que no dejan de aprender de nosotros y de observarnos cada instante.

Evitar los gritos y los enfados descontrolados

Este en el apartado más difícil. Pero piénsalo. ¿Te ha servido alguna vez utilizar el enfado y los gritos en la educación de tu hijo? quizá en ocasiones tu hijo, por miedo a tu reacción, se haya comportado como querías, pero ese cambio no es profundo, ni real. Solo es un cambio motivado por el miedo. Además, no olvidemos que somos modelos de nuestros hijos. Les estamos enseñando cómo resolver conflictos. Hay muchas ocasiones muy muy estresantes y difíciles que nos desbordan. Todas las madres comprendemos esa situación. Pero el grito solo es una forma de desahogo nuestro y un recurso puntual que no produce cambios profundos, y puede afectar al bienestar y la autoestima de nuestro hijo. Intenta por todos los medios controlar el enfado. Pero exprésalo de manera controlada ” estoy enfadada porque no me estás haciendo caso”, e intenta controlar el grito.
En la educación de nuestros hijos, al igual que en el resto de las parcelas de nuestra vida, es fundamental la constancia. De nada sirve reforzar una conducta positiva un día y no volver a hacerlo más. Para que se produzcan cambios se ha de ser constante en este estilo de educación y, poco a poco, iremos siendo testigos del desarrollo óptimo de nuestros hijos.

Nunca había pensado que sus riñas podían tener el efecto inverso al deseado. Al cambiar los gritos y castigos por un diálogo calmado pero directo cambió el comportamiento de Juan. Por fin ella comprendió el poder de la comunicación en la educación de su hijo.

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Lorena González

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