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Cómo reconciliarnos con nuestras emociones

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Laura tenía una brillante carrera en un despacho de abogados. Se sentía respetada, era consciente de su buen hacer profesional, y no permitía que se mezclaran su vida personal y laboral. Sin embargo, cuando llegaba a casa sentía que no tenía nada bajo control, se sentía atrapada por sensaciones de malestar, ya no disfrutaba de salir con amigos, las relaciones de pareja no progresaban como ella deseaba y cada vez se sentía más sola. Los fines de semana sentía que entraba en un bucle de dormir, devorar series y pedir comida basura, del que solo salía los lunes por la mañana. 

 

Pide cita con una psicologa | Muchas mujeres acuden a terapia con la sensación de que su capacidad intelectual es muy superior a la emocional. Han cortado el contacto con sus sensaciones físicas y evitan hablar de emociones porque sienten que se desbordan. Se muestran seguras en sus profesiones, y piensan que su vida está bajo control mientras sigan esforzándose y trabajando todo lo posible. Sin embargo, cuando deberían disfrutar de su tiempo libre, aparece la angustia y otras emociones “negativas” que les abruman y solo desean que ese tiempo pase lo más rápido posible, incluso trabajando durante sus merecidas vacaciones. 

 

En los procesos terapéuticos analizamos los diferentes ámbitos en los que nos desarrollamos como personas, lo laboral, lo familiar y lo relacional principalmente. Y también exploramos los pensamientos, las emociones, y las sensaciones físicas. Cuando una mujer solo es feliz en lo laboral, y solo se siente conectada a su parte intelectual, es necesario ir realizando un trabajo de toma de conciencia, de conexión y de reparación.

Cómo gestionar mejor nuestras emociones

 

Las relajaciones guiadas son una herramienta muy potente, especialmente cuando las mujeres se sienten seguras, acompañadas y en un ambiente de contención. Cualquier persona puede experimentar la relajación, la disminución de la ansiedad, y conectar con emociones “guardadas”. Pueden salir a la luz emociones como la alegría, la sorpresa, el entusiasmo, pero también puede que afloren la tristeza, la pena, el dolor, y otras emociones que quizás no sean tan deseadas, pero que con acompañamiento se logran controlar, analizar, evaluar, y reconducir.

Una vez tomada conciencia de nuestras emociones y sensaciones, hay que poner en valor y poner nombre a nuestro estado emocional. Muchas hemos sido educadas en que hay una inteligencia “de primera”, la intelectual, y por otro lado, las emociones, a las que se les suele calificar de incontrolables, desagradables y molestas. Sin embargo, el darle el valor de inteligencia a las emociones les pone en un lugar desde el que es posible también hacer un análisis de las situaciones, como se le supone a la inteligencia.

Las mujeres podemos, por tanto, reaprender qué es eso de la inteligencia, que no es sólo lo racional, saber que las emociones son importantes y debemos apostar por el conocimiento de las mismas, para identificar casos de malestar, de abusos, de tratos inadecuados. Por ejemplo, saber decir “me siento enfadada, voy a pensar por qué puede ser”, y entonces relacionar ese enfado con una situación concreta, como puede ser “ah, pues esta persona me ha hablado en un tono que no me gusta y no estoy dispuesta a aceptar”. A partir de ahí, podemos enfocarnos en las soluciones.

Las soluciones a nuestros malestares pasan por separarnos siempre que podamos de lo que nos hace sufrir, de lo que no nos aporta amor, alegría, disfrute, ilusión, y entender que si no ponemos medidas, si no expresamos esas emociones, decimos lo que sentimos y pensamos, y resolvemos las situaciones, nuestro cuerpo será el receptor de estos malestares. Lo que no sale, se queda dentro, y se queda haciendo daño, con enfermedades físicas o mentales principalmente.

El dar valor a cómo sentimos en nuestro cuerpo asco, tristeza, pena, o la sensación de que algo no está bien, puede ser el resorte que nos haga salir de situaciones que no nos gustan o incluso son negativas o peligrosas. Validar estas emociones, muchas veces asociadas a “las tripas” (como ya se ha demostrado, existen neuronas en el estómago) permite desarrollar confianza en que nuestros cuerpos son inteligentes. 

Por tanto, retomar ese contacto, muchas veces perdido o silenciado, con su experiencia corporal, con su inteligencia emocional, aunque difícil y puede que doloroso en un primer momento, es una herramienta que puede mejorar la calidad de vida de las mujeres y serles útiles para el resto de su desarrollo vital.Pide cita con una psicologa | 

 Laura empezó a reconocer y poner nombre a los malestares que le venían cuando no estaba trabajando, identificó cómo se sentía físicamente, comenzó a poner nombre a esas emociones, a la vez que detectaba qué situaciones de su vida las provocaban. Se permitió sentir y escuchar a su cuerpo, y su vida personal empezó a despegar tanto como su carrera profesional. 

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